La trampa de las redes sociales

Billones de personas usan las redes sociales cada día, cada minuto del día, y la persona común pasa en promedio 90 minutos al día pegado a las redes sociales.

Para nadie es un secreto los beneficios de las redes: Facebook, Twitter, Instagram, y otras. Ellas facilitan enormemente la comunicación entre personas físicamente separadas. Abren una ventana flexible y barata donde expresar nuestras opiniones, gustos, deseos, necesidades y miedos. Proveen una fuente variable y muy amplia de conocimiento. Nos mantienen informados en tiempo real de lo que pasa en el mundo entero. Nos permiten encontrar, formar o mantener, grupos con intereses comunes que nos dan una sensación de pertenencia e identidad. Nos permiten sumarnos a movimientos de ayuda o apoyo a causas valiosas.

Las redes sociales cambiaron al mundo, para bien o para mal. Son un fenómeno de globalización que no va a desaparecer y que está ya integrada en el ADN cultural de todos los pueblos.

Pero cuidado, el uso y abuso de las redes tiene consecuencias que no estamos tan dispuestos a reconocer. Mantenemos la cara volteada hacia el otro lado porque no queremos aceptar que tenemos problemas de adicción.

Hay estudios médicos en los que se observó en imágenes de resonancia magnética (IRM) algunos patrones comunes entre los adictos a Facebook y los abusadores de sustancias y jugadores impulsivos.

¿Cuántas veces has sido testigo de grupos de personas sentadas alrededor de una mesa que no hablan porque cada uno tiene la cabeza enterrada en su teléfono?

El abuso de las redes sociales ha desgarrado el tejido social y ha alterado la dinámica de las relaciones interpersonales. Ya no procuramos hablar con alguien, escuchar su voz, es demasiado lento. Preferimos “textearla”, mandarle una selfie y esperar por la de ella, o un breve tweet. ¿Para qué más?

La “amistad” ha tomado una nueva dimensión virtual por la expansión hacia personas a las que nunca les hemos estrechado la mano.

Estar pendiente y vivir siguiendo las cuentas de famosos puede, y frecuentemente lo hace, despertar sentimientos de envidia por lo que hay afuera en el mundo y que no tenemos. Los abusadores de las redes sociales muestran una disminución de su sensación de bienestar, sentimiento que cada vez más aparece relacionado o incluido en cuadros depresivos.

Nada de esto es raro si tomamos en cuenta el volumen masivo de estímulos hacia la dispersión que recibimos diariamente.

Así que mete el freno. Tómate un descanso. Quítale tiempo a tu teléfono y levanta la mirada. Dedica más esfuerzo a mejorar tus relaciones personales cara a cara. Evalúa el estado de tus relaciones y descubre dónde puedes mejorar.

Las relaciones humanas no se llaman “humanas” por casualidad.