Si tu ojo pudiera hablar…¿qué te diría?

“¡Oye tú, que te crees el pipiricuiqui, si mí no serías nadie!”

Eso es lo que diría tu ojo. Como tantas otras cosas en la vida, damos por sentada nuestra visión y no apreciamos lo increíble que es el simple hecho de ver. Desde el momento en el que cambiamos el hocico, reduciéndolo hasta hacerlo desaparecer, por un campo visual más amplio, convirtiéndonos de este modo en animales visuales en vez de olfativos, el ojo pasó a ser el principal sentido por el que se alimenta nuestra percepción.

Somos animales visuales. Más de la mitad de nuestras memorias son visuales, dependen de una imagen para almacenar la información que después recapitulamos. Además, el 80% del aprendizaje depende de lo que vemos. El ojo es el canal por el que el mundo entra a nuestra conciencia.

El ojo evolucionó de forma independiente varias veces en diferentes grupos de animales a lo largo del tiempo. Hoy se sabe que lo hizo a partir de una simple capa de células sensibles a la luz, hace unos 550 millones de años. La súbita e impresionante explosión de vida que se dio en el Cámbrico pudo haber sido producida por la aparición del ojo entre los protozoarios de entonces.

La complejidad del ojo y su sistema de soporte: el nervio ocular y los  circuitos neurales, es solo superada por el cerebro. El nervio ocular, por ejemplo, está formado por más de 1 millón de fibras y el sistema completo tiene unos 2 millones de componentes. La córnea es el único tejido que no tiene riego sanguíneo. Hasta ahora no se ha podido realizar un trasplante de ojo.

El ojo no “duerme”. Es decir, no se aletarga, no se enfría, no necesitas desperezarlo cuando despiertas. El ojo está siempre listo al 100% de su capacidad apenas abres los ojos.

Además de la complejidad fisiológica hay que tomar en cuenta también los sutiles mecanismos psicológicos con los que el ojo, el cerebro y la conciencia, compensan las limitaciones del sistema. Por ejemplo, en tu campo visual hay un agujero negro, una zona de sombra provocada por la entrada del nervio óptico a la retina. En ese lugar no hay células receptoras de luz. Sin embargo, la red neuronal hace los cálculos necesarios para compensar y “completa” la sombra. Tu imagen se ve intacta.

Tus ojos no crecen. Los ojos tienen el tamaño definitivo cuando el bebé nace. Por eso es que se ven tan tiernos con sus ojos grandotes.

El ver ocupa la mitad de la actividad cerebral. Somos animales visuales.

“Oye tú, será mejor que me cuides, sino te voy a dar un sopapo que te va a dejar con los ojos claros y sin vista.”