Un alimento sano pero potencialmente venenoso

Siendo un simple tubérculo, con 5000  variedades, la patata se ha convertido en uno de los alimentos más importantes para la alimentación de la humanidad.

 

La famosa patata o papa, conocida científicamente como Solanum Tuberosum, se originó en  Sudamérica pero actualmente es cultivada en casi todo el mundo. A nivel nutricional contiene carbohidratos, azucares, proteínas y vitaminas. Fritas o en puré, en cremas o sopas; la patata nos ofrece un universo de alternativas para deleitarnos con su sabor. Pero a pesar de todas sus propiedades nutritivas, ¿sabías que puede ser venenosa?

Pues sí, la patata produce una toxina llamada Solanina, que es un alcaloide tóxico. Esta sustancia, que actúa como repelente, es generada por la planta ante el riesgo de ser consumida por un depredador. La Solanina no solo se encuentra en la patata como tal, sino también, en el tallo y la hoja. El color verde en este producto no debe ser confundido con falta de madurez, pues se trata de la producción de Solanina; y su ingesta puede llegar ser mortal.

La dosis mínima que demarca un riesgo de envenenamiento oscila entre  3 a 5 mg/Kg de peso corporal. Los síntomas iniciales se presentan de 8 a 12 horas después de su ingestión; pero con un consumo elevado de ésta toxina los síntomas se pueden detectar en apenas una media hora.  El paciente presenta dolores de cabeza, náuseas, vómitos, diarreas, etc. En el peor de los casos puede provocar alucinaciones, delirios, parálisis y hasta la muerte.

Afortunadamente las señales para detectar esta toxina son fáciles de discernir. El color verde, causado por un incremento en la síntesis de la clorofila en el producto, es un signo inequívoco de la existencia de este  alcaloide. Si el color verde se concentra en los brotes y hoyuelos de la patata, basta con removerlos para eliminar la presencia de la toxina. Aunque lo ideal sería descartar la pieza completa.

El inadecuado proceso de almacenamiento puede provocar el aumento de la solanina. La exposición a la luz, por ejemplo, incrementa significativamente la presencia de la solanina en el tubérculo. Las patatas deben permanecer en lugares oscuros, frescos y secos. Preferiblemente no deben ser almacenadas en el refrigerador ya que las temperaturas bajas acrecientan la producción de esta toxina.

Para evitar en lo más posible la ingesta de esta sustancia venenosa debemos retirar la piel y los brotes de la patata; de esta forma ya estaríamos eliminando el 90% de la solanina. El resto de la toxina que queda se puede eliminar al freírlas. El proceso de hervido y de cocción por microondas se considera menos efectivo para este propósito. Recomendamos consumir las patatas lo más frescas que sea posible y evitar guardarlas en bolsas plásticas.

La humilde patata, tanto blanca como amarilla es uno de los alimentos más consumidos por los seres humanos. Los aportes energéticos para nuestro organismo y la diversidad de sus preparaciones la hacen imprescindible en los hogares a nivel mundial; pero si esta verde, ¡ten cuidado!