Mientras más trabajas menos produces ¡Que viva la vagancia!

Largas jornadas de trabajo, una rutina extenuante toda la semana, horas extra, cubículo lleno, escritorio colmado culminar tareas, llevar trabajo a casa, quedarse hasta tarde en la oficina… si cualquiera de estas situaciones te parece conocida, debes saber que no estás trabajando más, pero si enfermándote. Los resultados dan una respuesta clara: el exceso de trabajo no mejora la productividad, más bien la reduce.

Lo confirma la Harvard Business Review. Las investigaciones en empleados que manejan una gran carga de trabajo y se desempeñan por largos períodos ininterrumpidos podrán estar trabajando bastante, pero no se puede decir lo mismo de su rendimiento. Puede que creamos que mientras más, mejor. Ocurre exactamente lo contrario, pues nuestra productividad va en aumento hasta llegar al máximo y luego va decreciendo hasta que el agotamiento nos consume.

Sin duda, el sistema favorece este fenómeno. Muchos empleadores quieren empleados dedicados, disponibles las veinticuatro horas por siete días a la semana, al alcance en cualquier instante, que acepten renunciar a su tiempo libre, que no se quejen, que hagan innumerables tareas, que sean versátiles y se ocupen de variados asuntos, que masoquistamente se sometan a alcanzar objetivos que los esclavizan. Montañas de trabajo caen como una avalancha desde el despacho ejecutivo de los directivos hasta las mesas de los oficinistas rasos. Todo alimentando precisamente la improductividad. Otros se sumergen en este clavario por voluntad propia: ambición, avaricia, ansiedad, culpa, responsabilidades familiares agobiantes, presión social, orgullo, sentido del deber, falta de mejores oportunidades y un largo etcétera de razones que parecen válidas para internarse en este torbellino laboral.

Ahora bien, no importa a quien se le quiera echar la culpa, la verdadera cuestión es su utilidad. Erin Reid, quien trabaja en la Escuela de Negocios de la Universidad de Boston, dirigió un estudio en el cual los administradores de personal fueron incapaces de distinguir entre aquellos empleados que trabajaron ochenta horas semanales y aquellos que solo fingían hacerlo. Los jefes amonestaron aquellos que reconocieron no trabajar conscientemente, pero fue imposible encontrar evidencia que sugiriera que los empleados consagrados hubieran producido más.

En Europa, a saber, en el Instituto Finés de Salud Ocupacional, Marianna Virtanen ha dirigido numerosos estudios en los cuales ella y sus colegas muestran que después de alcanzar el máximo, los empleados comienzan a manifestar un nivel de estrés que los induce a problemas del sueño, depresión, alcoholismo, diabetes, deterioro de la memoria y afecciones cardíacas. Todas estas consecuencias terminan por afectar la salud al punto de ser solo manejables con la ayuda médica profesional, muchas veces después de daños irreparables. Esto perjudica no solo al individuo, pues todo se traduce en abstencionismo, ausencia de motivación, carencia de recursos, falta de energía, disminución de la creatividad, alteraciones del ánimo, inasistencias al lugar de trabajo, renuncias, estancamiento y acumulación de labores inconclusas y demás obstáculos para el crecimiento empresarial. Por si fuera poco, también le sale caro a las compañías que deben pagar seguros sociales o sanitarios, servicios de enfermería o atención médica ocupacional, que deben costear retiros, reposos, hospitalizaciones o reintegros.

Es digno de relevancia que tales fenómenos parecen no juzgar entre trabajadores motivados o no. Aún si disfrutas tu trabajo, una vez que comienzas a reducir tu rendimiento y a cansarte, te haces más vulnerable, fallas con más frecuencia. De hecho, parece que una respuesta espontánea al agotamiento sea hundirse en más trabajo como intento de reparar o mejorar.

Los trabajólicos no solo se enfrentan a producir menos. Están atentando contra su propio empleo y contra sí mismos. Una pregunta válida podría ser “¿Por qué lo hacemos y seguimos haciéndolo?” pero una verdaderamente significativa sería “¿Seguiremos haciéndolo?”.