¿Por qué somos diferentes cuando somos virtuales?

Con seguridad lo has visto. Quizás lo has hecho. Tenemos una manera de ser real y una virtual. Cuando nos conectamos online algo pasa y cambiamos haciendo que ese gnomo que vive adentro aproveche para salir y hacer de las suyas.

Las redes sociales se han convertido en un universo con sus propias leyes, sus jerarquías, ecosistemas, fauna, su cielo e infierno. También posee su propia teoría de evolución y su propio sistema de auto alimentación.

Este mundo es único pero también comparte una característica con todo lo demás, puede ser usado para bien o para mal.

Las redes sociales ofrecen una oportunidad extraordinaria de expansión, conexión y alcance. Su carácter masivo e inmediatez le da un peso específico muy superior al que antes tuvieron los periódicos, la radio y la televisión. Tu capacidad de encontrar, unirte a, y apoyar  grupos o ideas es asombrosa permitiéndote proyectar tu opinión o ayuda alrededor del globo.

Sin embargo, las redes adolecen de fallas importantes, no hay contacto humano real, no hay verdadero conocimiento de las otras personas, y no hay un mecanismo para hacer valer la responsabilidad por el mal uso de las mismas.

Esto abre el camino para uno de los casos más comunes y perversos de su mal uso: los ataques concentrados en una persona, motivados por sus opiniones.

Estos ataques siguen un proceso bien definido y obedecen a un principio básico empotrado en nuestra sique.

Este principio básico es el instinto de agruparnos para obtener el apoyo que todo grupo cohesionado ofrece as sus integrantes. Esta tendencia es ancestral y fue lo que nos llevó a formar y mantener los grupos, tribus y clanes, que facilitaron la supervivencia de la especie.

Sin embargo, en esos grupos la recompensa o el castigo al comportamiento era inmediato basados en el conocimiento de la identidad del individuo. Eso es lo que las redes sociales carecen.

¿Por qué se facilita el despertar del odioso ogro en nosotros? Porque podemos insultar o enviar comentarios abusivos sin temor a represalias, amparados por el anonimato. El mecanismo se alimenta a sí mismo. Alguien hace un comentario que incomoda a otras personas. Estos responden enviando una lluvia de respuestas insultantes, provocativas y humillantes, alimentadas por la ira moral celestial de los justicieros.

 

Esto genera a su vez una ola de aprobaciones por parte de otros habitantes de las redes que se sienten llamados a unirse al juicio, los egos se empluman en un abrazo muto, y la bola de nieve crece y se desboca.

Es un mecanismo que hace daño por el volumen mismo de los ataques, que pueden llegar a ser miles por hora, concentrados en herir emocionalmente a la víctima.

Los orcos existen, el hecho de que sean virtuales no los hace ni menos odiosos ni menos peligrosos.