¿Qué sabes del Imperio bizantino? Su imborrable huella en nuestras vidas

Escuchas la palabra “Bizantino” y viene a tu memoria algo que estudiaste sobre eso en el instituto. Algo relacionado con la religión, con la política, con la arquitectura. Pues estás en lo correcto en todo eso, pero la influencia de este imperio ha abarcado aún más. El Imperio bizantino se extendía del Cáucaso al Atlántico, de Crimea al Sinaí y del Danubio al Sahara.
Según numerosos historiadores, existió desde el siglo IV hasta el siglo XV de nuestra era.

No solo conservó la cultura grecorromana, sino que también cumplió una función importante en la difusión del “cristianismo”. Originó y codificó prácticas políticas, sociales y religiosas que han perdurado hasta el día de hoy. Es digno de mención que ni los gobernantes ni los ciudadanos del imperio se autodenominaron jamás bizantinos, sino romanos, o romaioi. El vocablo bizantino no se utilizó sino hasta después del siglo XIV.

Una capital deslumbrante


Cierto historiador describe a la antigua Constantinopla en los siguientes términos: “Rica en renombre y aún más rica en posesiones”. Emplazada en la encrucijada de Europa y Asia —el estrecho del Bósforo—, la ciudad ocupaba una península que le brindaba una magnífica defensa y contaba con un puerto abrigado, el Cuerno de Oro. En 657 a.E.C., los pobladores griegos la llamaron Bizancio en honor de Bizas, su legendario caudillo.

Un legado eterno


Aunque parezca mentira, el gobierno, las leyes, los conceptos religiosos y el esplendor ceremonial bizantinos siguen influyendo en la vida de miles de millones de personas de la actualidad. Por ejemplo, la famosa compilación de principios legales de Justiniano, el Corpus iuris civilis (cuerpo de leyes civiles), fue la base del Derecho romano, que sigue vivo en la Europa continental de hoy. Mediante el Código de Napoleón, los preceptos legales bizantinos se difundieron en Latinoamérica y en otros países, donde todavía ejercen influencia.

Además, los arquitectos bizantinos aprendieron a colocar grandes cúpulas sobre espacios cuadrangulares, un estilo que llegó hasta Rusia. Hay quienes incluso atribuyen a los bizantinos la popularización del tenedor como utensilio de mesa. Cuando en la Venecia del siglo XI una princesa bizantina empleó un tenedor de dos púas en vez de comer con los dedos, todos los presentes se quedaron estupefactos; sin embargo, centurias después, el tenedor se puso de moda entre los ricos. Los papas de Roma también cedieron a la influencia bizantina, pues la tiara que llevaban imitaba la del emperador de Bizancio. Asimismo, los monarcas ingleses copiaron de este el orbe y el cetro.

Un imperio levantado gracias a la artesanía y el comercio


Tal generosidad era un reflejo de la prosperidad que reinaba. El Estado controlaba los precios, los salarios y los alquileres. Se almacenaba trigo a fin de compensar las malas cosechas. Había funcionarios que visitaban los negocios para inspeccionar las pesas y medidas, los libros de contabilidad y la calidad de la mercancía. A los acaparadores, contrabandistas, estafadores, falsificadores y evasores de impuestos les esperaba un castigo severo.

El declive


Ahora bien, lo que condujo a la decadencia del imperio no fueron las intrigas políticas. Europa occidental comenzó a evolucionar con el Renacimiento, la Reforma, la Ilustración y el avance de la ciencia, mientras que, en Bizancio, los cambios no solo se veían como herejías, sino que acabaron siendo crímenes de Estado.

El 11 de abril de 1453, el sultán Mehmet II sitió la ciudad con un ejército de 100.000 soldados y una potente armada. Los 8.000 escasos defensores de Constantinopla resistieron siete semanas. Entonces, el 28 de mayo, los invasores entraron a raudales por una salida oculta apenas vigilada que daba al foso de la ciudad. Al día siguiente, la capital había cambiado de manos. Según la historia, Mehmet, ahora un conquistador, derramando lágrimas, se lamentó así: “¡Qué ciudad hemos saqueado y destruido!”. El Imperio bizantino había caído, pero su influencia sigue activa hasta el día de hoy.