Los sutiles y etéreos edificios de alambre de “Etherea”

Contempla una arquitectura radicalmente diferente, no pensada para cerrar un espacio sino para liberarlo, no para darle forma a una idea sino para expandirla.

El ser humano ha construido obras arquitectónicas de inigualable belleza, como el Taj Mahal; o de poder abrumador, como la pirámide de Guiza; o de una espiritualidad sublime, como la catedral de Notre Dame. Pero la obra de la que hablamos aquí nos presenta una táctica diferente. La expresión de su belleza no reside en su forma sino en la sublimación de ésta a través de la transparencia y del efecto difuminador de lo que está pero no está.

“Etherea” fue concebida y construida por Edoardo Tresoldi, artista italiano cuyas esculturas de alambre son conocidas internacionalmente, y fue instalada en el valle de Coachella, California, Estados Unidos, en el marco del Festival de Música y Artes.

La obra consiste en tres edificios de alambre colocados en línea en una gradación de escalas que va de 10 a 16 y luego 21 metros de altura. Los edificios están diseñados en un estilo clásico o neoclásico que le dan una silueta elegante y sobria. Pero allí termina lo común.

La aproximación a la obra ya lanza al visitante a un viaje en el que la forma se expande llevando la visión hacia un horizonte no definido, borroso, que se va difuminando hacia el exterior. El cambio en perspectiva ocasionado por las diferentes escalas crea líneas de visión que envían la percepción a un viaje de comunicación con el paisaje.

Se trata de que el edificio comunica, no separa; abre el espacio, no lo cierra. El hombre, el edificio a su alrededor y el paisaje son parte de la misma concepción.

La transparencia de la obra garantiza esto y el efecto de desdibujar la forma con la superposición de los alambres produce la indefinición precisa para obligar al que observa a tomar dos caminos.

El observador pierde su centro y por medio de la constante expansión se hace uno con el movimiento que lo conecta con el cielo, las colinas, el aire.

O, de otra forma, el observador se vuelve el centro de una esfera de infinitas capas, como un cuarto de espejos, que no reflejan sino que refractan hacia el infinito.

Como quiera que sea, ya dentro de la obra de arte, y con la vista dirigida hacia afuera, el espectador, el edificio, la palma y el cielo detrás de ella son un solo concepto conectados por la misma experiencia.