Sobre la diferencia entre callarse y hacer silencio

Dar a conocer nuestras ideas es un impulso vital en los humanos; decir lo que pensamos es una forma importante, aunque no la única, de darnos a conocer.

Comunicarnos es abrir un canal de información, de intercambio de aprendizajes, de conocimientos, es la definición de nuestro lugar en el mundo de las relaciones. Todos aspiramos a tener ese lugar, ese espacio de comunicación, esa tarima desde donde proclamar quiénes somos y lo que queremos o necesitamos. Es un derecho básico humano.

Sin embargo el hablar puede, muy fácilmente, convertirse en ruido, en cortina de interferencia que destruye la doble vía de la comunicación ideal creando un tubo unidireccional que impide la expresión del derecho básico del otro. Con frecuencia olvidamos que el otro tiene la misma necesidad que nosotros, que él también está esperando su turno en la tarima, su momento para tomar su lugar y expresarse. Su momento es nuestro momento para hacer silencio.

Pero hacer silencio requiere una disposición especial que no tenemos, en el mejor de los casos, o no conocemos,  en el peor. La mayoría de nosotros no hacemos silencio, lo que hacemos es callarnos.

El callar es un acto externo. Hacer silencio es un acto interno.

Cuando callamos dejamos de hablar, dejamos de emitir sonidos, pensando que eso es lo que el otro requiere. Eso es solo la mitad del trabajo y por lo general es terriblemente ineficiente. Porque callar no significa que estamos escuchando al otro, no significa que le prestamos atención ni que respetamos su momento. Significa, simplemente, que no estamos emitiendo sonidos sin entender, sin darnos cuenta, que seguimos hablando internamente.

¿Cuántas veces te has conseguido preguntándole a la persona que está contigo “tú escuchaste lo que acabo de decir”? ¿Cuántas veces has tenido la clara impresión de que el otro no te escuchó en lo más mínimo? Eso pasa porque esa persona se calló pero no hizo silencio. Dentro de sí continuó su propio monólogo, ahogando tu intento de comunicarte.

Para lograr un entendimiento verdadero tenemos que aprender a hacer silencio cuando el otro habla, es decir, a detener el monólogo auto afirmante que mantenemos, porque solo haciendo silencio podemos realmente escuchar, ver, percibir, lo que se nos está diciendo.

En el silencio se puede estudiar, el reconocimiento se hace en el silencio, la valoración se hace en el silencio. Solo en el silencio se logara una apertura honesta hacia lo que el otro significa.

El silencio es la cesación del ruido de nuestras palabras y el ruido de nuestras ideas. No es posible disfrutar de la música sin silencio, o de la naturaleza, o de una obra de arte. Solo en el silencio es posible alimentarnos de todo aquello que nos hace humanos.

No solo es necesario para conocer al otro, es indispensable para conocernos a nosotros mismos. Si quieres oír a tu mente, a tu corazón y sentimientos, tienes que aprender a hacer silencio. No es suficiente con callar.