La curiosa historia de cómo unos peces estuvieron a punto de provocar una guerra

Sucedió en los primeros años de la década de los ochenta. Las tensiones de la Guerra Fría estaban altas y los países mantenían una vigilancia casi paranoica sobre todos los demás.

Un lugar de especial importancia en la región europea era el Mar Báltico en el cual Suecia tiene una enorme cantidad de kilómetros de costa, y para Rusia es un corredor de paso imprescindible para su flota militar.

Un día los suecos se enteraron que un submarino ruso había, por error, encallado en una isla dentro de las aguas territoriales suecas. Los suecos despacharon un equipo al rescate, despidieron a los rusos y comenzaron a preguntarse qué hacía un submarino ruso tan cerca de ellos. No contentos con las implicaciones desde ese día se sentaron a vigilar intensamente.

Esa particular atención y enfoque en las actividades bajo el agua los llevó a descubrir un extraño e inquietante sonido que se repetía continuamente en sus aguas. Los radares y sonares militares se enfocaron en ese sonido y los jefes de seguridad nacional suecos llegaron a la conclusión de que se trataba de submarinos soviéticos patrullando aguas suecas sin permiso.

El gobierno soviético negaba todas las acusaciones, los suecos decían que  tenían pruebas, los otros volvían a negar, y así las cosas llegaron a un punto peligroso puesto que el sonido no cesaba. Barcos de la fuerza naval sueca, helicópteros, y todo el arsenal tecnológico buscaban con avidez al intruso.

Sin embargo algo no estaba cuadrando del todo, los suecos, a pesar de que su primera impresión de una invasión o ataque inminentes seguía en el tapete, comenzaron a dudar. Buscaron ayuda entonces en la ciencia y llamaron a la batalla a los oceanógrafos y expertos en acústica submarina.

ESTACIÓN DE ESCUCHA SUBACUÁTICA

Por primera vez personal no militar tuvo acceso al sonido. Éste fue descrito como una corriente continua de pequeñas y susurrantes explosiones, como algo friéndose en una sartén, como una gran cantidad de palomitas de maíz saltando a una gran distancia. El experto supo de inmediato que eso no era un submarino. ¿Pero qué era?

Entonces tuvo un momento de inspiración. Fue a una tienda y compró un arenque. Bien pronto descubrió que los benditos arenquitos tenían la costumbre de soltar gas como si no hubiera un mañana para seguir haciéndolo. Cuando se sumaba el sonido de decenas de miles de peces soltando pedos a la vez se producía el sonido que tenía locos a los suecos.

La paranoia sueca terminó, los soviéticos dijeron “y qué te decía yo” y el mundo regresó una vez más del borde de otra estúpida guerra.