Padre Ruso descubrió a su hija de 17 años durmiendo con un chico, lo que hizo cambió sus vidas para siempre

Un padre de familia ruso, usuario de Reddit (con el alias Kangar), compartió una experiencia que le sucedió al encontrar a su hija de 17 años durmiendo con un chico desnudo y completamente desconocido en el sofá de su casa. En su publicación, narra la inmensa furia que sintió al ver la escena, pero que, luego de un instante, decidió tranquilizarse y tratar de dominar la situación con frialdad.

Sabía que si se oponía sin dar razones, su hija se pondría más terca y se enamoraría más de aquel sujeto, por lo tanto esa no era una alternativa. Así que decidió mostrarle al chico una hostilidad sutil, como para que captara que cualquier paso en falso podía hacer que le partiera hasta el alma.

Y parece que funcionó. El chico se comportó y se mostró respetuoso con la hija, pero hasta ese momento el padre no sabía que el chico ocultaba un gran secreto. Pasaron los meses y el padre terminó enterándose de la verdad, entonces hizo algo que cambiaría la vida de toda la familia para siempre.

He aquí la historia, narrada por el mismo padre:

“Una mañana, bajé las escaleras de casa y me encontré a mi hija de 17 años durmiendo en el sofá con un chico desnudo. Sin duda, habían pasado una noche animada.

En silencio, preparé el desayuno mientras mascaba mi rabia y pensaba en cuál sería la mejor manera de proceder. Cuando terminé el desayuno, subí a despertar a mi mujer, mi hijo y mi hija (más joven), y los senté en la mesa del salón. Nuestra mesa de comedor está situada a unos 6 metros del sofá pero justo enfrente de él.

Cuando todos estuvimos sentados en la mesa, le grite: “¡Joven, el desayuno está listo!”. Creo que nunca he visto a un hombre saltar tan alto.

Con un tono de voz que pretendía demostrar que deseaba arrancarle el alma, puse mi mano sobre la silla de mi lado y le dije: “¡Siéntate!”. Mi familia permaneció en silencio sin mover ni un músculo.

Deben de haber sido los 6 metros más duros que un joven desnudo ha recorrido nunca, mientras trataba de ocultar, debo reconocer, su bastante impresionante herramienta. Una herramienta que, recién levantado, mi mujer, mi hija y hasta mi hijo no pudieron ignorar.

Tras ponerse a prisa la ropa, se sentó a mi lado. Mi hijo, de metro ochenta, le dio una palmadita, lo miró a los ojos, suspiró y sacudió la cabeza, lo que le puso realmente nervioso. Casi podía oler su miedo cuando comencé a hablar marcando más a posta mi acento ruso:

‘Amigo mío, voy a hacerte una pregunta y te advierto que la respuesta es muy importante para ti…’ – dije, mientras unas gotas de sudor aparecían en su frente – ‘¿Te gustan los gatos?’

Obviamente, era una pregunta trampa que pretendía medir el temple del chico y en su cara pude ver, mientras pensaba la respuesta, que era simpático, agradable, sin educación, pero sin un pelo de tonto. Eso sí, había algo extraño en él que no me gustó, parecía que ocultaba algo.

Mi hija me aseguró que era un chico muy agradable y atento, que la trataba muy bien. Que siempre había ido a casa por las mañanas pero nunca por las noches. También me dijo que no tenía familia, educación, ni trabajo estable. Ella lo adoraba, pero quién era yo para impedir que aprendiera de sus propios errores.

Desde aquel momento, el joven vino todas las mañanas para acompañarla en bici hasta la escuela. Cuando terminaba, la recogía y volvía hasta casa. Se aseguró de que siempre hiciera los deberes. Y cuando enfermó y nosotros trabajamos, cuidó de ella. Demostró tener la paciencia de un ángel cuando mi hija tenía sus terribles cambios de humor.

Después de ocho meses, mi hijo vino a hablar conmigo. Había estado preguntado por el chico y se había enterado de que en realidad era un ‘sin techo’. Su padre, maltratador, se había suicidado y su madre, una prostituta adicta al crack, hizo lo propio tres semanas después. Por entonces, él tenía 15 años y vivían en un remolque alquilado.

Después de eso, vivió en la calle durmiendo en parques, en el albergue del ejército de salvación, en hoteles sucios y baratos y en casa de algún ‘amigo’. Había conseguido hacer algún trabajo en la construcción y extras de mierda y mal pagados. Cuando conoció a mi hija en el centro de equitación, él paleaba la mierda de los caballos. Pero ya sabes, 17 años y un cóctel de hormonas…

En el club de equitación hay chicos de 18 y 19 años, de sonrisa bonita, educación perfecta y buenos modales. Pero, ¿a quién le importa? A mi hija le cautiva un chico que no pudo disfrutar de su infancia por culpa de un padre maltratador y maníaco depresivo suicida y su madre adicta. Un tipo que ha sido alimentado por vecinos y desconocidos, cuando no estaba pasando hambre.

En aquel momento tuve que reconocer la evidencia, se había ganado un hueco entre nosotros. Cuando no venía por casa porque había encontrado algún trabajito, le echábamos de menos. No eran amigos, pero mi hijo se lleva genial con él. Mi hija menor era una incondicional y mi mujer parecía haber ampliado su instinto maternal con él. ¿Y yo? Con todos mis reparos, tuve que admitir que me preocupaba por él. Quería que fuera feliz.

Les conté su historia a mi mujer y mi hija, y lloraron. Me decepcionó un poco mi hija mayor, porque a pesar de saberlo no quiso decirnos nada. ¿Ella lo amaba y aún así dejaba que se fuera a dormir a la calle cada día?

Al día siguiente, le di una llave de nuestra casa y le dije que le esperaba en casa todas las noches. En las semanas siguientes, despejamos la habitación de invitados y le ofrecí comprar unos muebles de su gusto. No quiso. Dijo que prefería ganarse las cosas y que podría construirlas él mismo. Le gustaba construir cosas y le conseguimos una educación que se lo permitiera.

Era el año 2000. Ahora, 15 años más tarde, mi hija y él, al que ya considero como si fuera mi hijo, tienen un próspero negocio juntos. Me han dado 3 hermosos nietos, dos de ellos gemelos”.