Los reyes locos o ¡de dónde rayos salió este tipo!

En estos días es difícil imaginarse lo que era vivir bajo el gobierno absoluto de un rey, porque hoy en día el mando de un rey no es absoluto. La gran mayoría de monarquías en el mundo son monarquías parlamentarias en donde el poder real es regulado por cuerpos legislativos y ejecutivos.

Pero en tiempos pasados ser rey era estar al mando absolutamente, y esto, más temprano que tarde, afectaba la personalidad y conducta de los monarcas. Es muy conocido el dicho de que el poder absoluto corrompe absolutamente. Es verdad.

Pasemos revista a algunos (solo algunos…hay demasiados) reyes que, por el hecho de serlo, se podían dar el lujo de darle rienda suelta a extrañas costumbres y excentricidades, algunas de ellas positivamente peligrosas.

Los reyes locos

Christian VII fue rey de Dinamarca a finales del siglo XVIII. Por ser rey tenía acceso a cualquier mujer que quisiera pero, en general, no se preocupaba mucho de eso porque tenía mejores cosas que hacer. Christian fue un masturbador compulsivo que descuidaba sus funciones para divertirse con su amiguito. Además tenía arranques de histeria imprevisible en los que le gustaba abofetear a cualquiera que estuviera a su alcance.

 

Mientras tanto, George IV de Inglaterra, que reinó, más o menos, durante la misma época de Christian VII, tenía la tendencia opuesta: cuando se trataba de mujeres era un obseso. ¿Su método de ataque? Cuando la dama decía que no tiraba un berrinche mayúscula e histéricamente real y no paraba hasta que conseguía lo que quería. Para que su hazaña pasara a la historia pedía un recuerdito. En algún lugar están guardados unos 7.000 mechones de pelo proveniente de la cabeza de la fémina o de…otras partes del cuerpo.

Pedro el Grande, Zar de Rusia a finales de los 1.700´s se creía cirujano y dentista, al punto de sustituir a los cirujanos en el cuarto de operaciones, quienes tenían órdenes de hacerle saber cuándo se presentaba un caso interesante. Por otra parte estaba dispuesto a deberle pequeños favores a cualquiera que se dejara sacar un diente por él, especialmente si el diente estaba sano.

Qin Shi Huang, 300 a.c., quería ser inmortal. No fue el primer rey en querer esto, pero fue muy persistente en su aproximación al problema. El asunto es que, a pesar de repartir por todas partes el suficiente número de muertes para unificar a China, tenía un miedo mortal a morir (valga el juego de palabras). Para eso le ordenó a sus médicos le prepararan cuanta poción ellos conocían a base de…mercurio. Queriendo vivir tanto lo que hizo fue envenenarse, y volverse loco, poquito a poquito.