¡Darwin los llamó monstruos!

¿Conoces al cangrejo ermitaño, ese simpático cangrejito que se mete en una concha marina para vivir? Puede que algunos de ellos no sean realmente un ermitaño sino un cangrejo cocotero, en su etapa juvenil, y debes prepararte para verlo convertirse en el monstruo.

El cangrejo cocotero es el artrópodo terrestre más grande del mundo con un tamaño que, probablemente, alcanzó el límite para animales con exoesqueletos.

Si, estando en la playa, te preocupaste alguna vez porque podías recibir un doloroso pinchazo de un cangrejo en el dedo gordo del pie, es porque no frecuentas el hábitat del cocotero. En tal caso te preocuparía perder un brazo.

A tal punto es esto probable que los nativos de Micronesia se vieron obligados a descubrir que haciéndole cosquillitas con una ramita en la barriga los induce a relajarse y soltar lo que estuviera en su pinza.

Contando las patas pueden tener una envergadura de 1 m, un peso de hasta 5 kilos, y pueden producirte pesadillas durante unos 60 años.

A pesar de estas proporciones se mueven con agilidad, pueden escalar árboles y se les ha visto mover objetos de 30 kg. Sus pinzas son lo suficientemente fuertes para abrir un coco en dos fácilmente.

Comen casi de todo, incluyendo carne de aves y mamíferos muertos. No son depredadores sino oportunistas aunque recientemente se filmó a uno de ellos atacando a un ave viva. Se han hecho pruebas dejando cadáveres de animales en playas frecuentadas por estos monstruos (que por cierto tienen un excelente sentido del olfato) y se comprobó que son capaces de destrozar cuerpos, incluidos huesos, y desmembrarlos, llevándose los pedazos a sus guaridas.

Aunque comienzan su vida en el mar, donde la hembra pone los huevos y donde al nacer buscan conchas vacías para habitarlas, están completamente adaptados para vivir en tierra y se ahogan si están bajo agua por largo tiempo.

A pesar de su aventura terrestre no pierden de vista el mar, lo usan para beber y para humedecer el órgano que les permite respirar, una combinación de agallas y pulmones.

Los isleños del Pacífico se los comen y se dice que son deliciosos en leche de coco. Sin embargo, en muchos sitios están protegidos por la ley y puede costarte más de 5.000 dólares el matar y comerte uno de ellos.

Como puedes imaginarte por su aspecto no están inclinados a ser amistosos y es común que se ataquen entre ellos.

Y si todo esto no te inspira respeto hacia estas criaturas sabe esto, a veces, cuando se les dificulta mucho bajar del árbol, sencillamente se dejan caer desde una altura de 3 m.

¿Qué tal sería ir paseando por allí y sentir cómo un animal decididamente prehistórico, de 5 kilos y tenazas del tamaño de una mano, te cae delicadamente en la cabeza?