¿Por qué olvidamos lo que leemos?

Hace una semana terminé de leer El Laberinto de los Espíritus de Carlos Ruiz Zafón. Como la anterior serie del Cementerio de los Libros Olvidados este último tiene una trama satisfactoriamente compleja, en un ambiente afilado e irónico y una prosa oscura y sugerente, loca y cómica cuando Fermín habla.

Pero unos días después ya no podía recordar mucho del libro a pesar de que fue un placer leerlo.

¿Por qué?

Esto es algo muy común, no sólo entre lectores, pero también entre aficionados al cine o a la televisión. Todo tiene que ver con la memoria a corto plazo y la llamada curva del olvido.

La mayor parte de lo que aprendemos tiende a ser olvidado en el período de 24 horas siguientes a la lectura, a menos que lo repasemos de nuevo dentro de ese espacio temporal crítico y en los dos o tres días subsiguientes.

Esto no es nuevo, es decir, así es como funciona la memoria, el problema es que la manera como consumimos hoy en día la información no favorece la promoción y desarrollo de esta capacidad.

La diferencia la hace la aparición de la información digitalizada y el internet.

Nuestra capacidad de buscar en nuestros archivos internos y reclamar un dato específico de la memoria sufre en proporción a la facilidad con la que podemos encontrar ese mismo dato en el internet. Intuimos que no necesitamos más esa habilidad innata que tenemos.

El internet tomó el lugar de ese proceso interno de búsqueda de información  convirtiéndose en un banco de memoria externo, barato y muy amplio.

Por otro lado la ingente cantidad de información digital disponible nos pone en contacto con más de lo que podemos, o necesitamos, guardar en la memoria. El cerebro no tiene más remedio que desechar la gran mayoría de los datos con los que lo llenamos a diario.

La forma cómo leemos también ha cambiado porque ahora no leemos para aprender, leemos para entretenernos, y es suficiente con pasar un buen rato saboreando la experiencia aunque no nos quede mucho después.

¿Qué hacer?

Obviamente la situación no es satisfactoria para mucha gente que quiere mantener la sensación de que no perdieron el tiempo leyendo algo que luego olvidan.

Lee un poco todos los días, no trates de atragantarte con el libro en una noche. Sé un lector de maratón, no de 100 metros planos. Esto te lleva a estar en contacto con la trama del libro favoreciendo el repaso continuo y la fijación de su contenido.

Cuando dejes el libro, no marques en la siguiente página a leer, marca en la última que leíste y relee los dos o tres últimos párrafos de esa página. De esta forma llevas a tu mente a recordar lo que leíste la última vez.

Una idea interesante es llevar un diario de libros donde dejes notas del contexto que te llevó a leerlo, un resumen de su trama y tus pensamientos.

Recuerda, cuando lees un libro tú eres el director de la película que se va creando en tu mente. Sé un director activo e imaginativo, crea el libro en ti y él nunca irá al olvido.