Inventario del espacio natural que queda en el mundo

Hablando de la naturaleza, ¿Te has preguntado cuánto espacio nos queda? Es decir, la extensión de la superficie terrestre que pueda calificarse todavía de espacio natural. Para ser más específicos, la zona donde la acción humana no ha alterado la naturaleza. ¿Existe alguna parte así de virgen? Pues, según el especialista en medio ambiente J. Michael McCloskey y la geógrafa Heather Spalding, quienes investigaron el asunto durante dieciocho meses, aproximadamente una tercera parte de la superficie terrestre del planeta (en números hablamos de unos 48.070.000 kilómetros cuadrados) aún encaja con la definición de espacio natural.

¿Cómo se realizó el inventario?

Mientras estudiaban cartas de navegación aérea, los expertos pasaron por alto las regiones en las que se veían carreteras, poblaciones, edificios, aeropuertos, vías férreas, oleoductos, tendidos eléctricos, diques, embalses y pozos de petróleo. La lista está encabezada por la Antártida, toda ella espacio natural. Luego viene Norteamérica (37,5%), la Unión Soviética (33,6%), Australasia que incluye las islas del sudoeste del Pacífico (27,9%), África (27,5%), Sudamérica (20,8%), Asia (13,6%) y Europa (2,8%). De toda la extensión de espacio natural del mundo, menos del 20% ha sido dotada de algún tipo de protección legal contra la explotación.

Antecedentes históricos

La preservación (o no) de la riqueza y biodiversidad del planeta Tierra parece haber estado siempre relacionada con el llamado “progreso”, y este, a su vez, con la parte económica. Por ejemplo, entre los siglos XIV y XVI dominó la costa occidental de Sudamérica el gran imperio dorado de los incas, un pueblo regido por brillantes arquitectos y técnicos, y organizado con miras al progreso social. Su fabuloso reino abarcaba unos 5.000 kilómetros: desde el extremo sur de la actual Colombia hasta la Argentina. De hecho, los incas creían controlar casi todo el mundo. Les parecía que fuera de sus fronteras no había nada digno de conquistar.

Pero, en torno al año 1530, bajaron de Panamá el conquistador Francisco Pizarro y sus hombres, seducidos por las noticias de que había oro en aquella tierra inexplorada, que a la sazón se hallaba en plena guerra civil. Atahualpa había derrotado y aprisionado a su hermanastro, el príncipe Huáscar, legítimo heredero del trono, y avanzaba hacia la capital. Tras un arduo trayecto, Pizarro y sus hombres llegaron a Cajamarca, ciudad del interior, donde el usurpador Atahualpa les dio una buena recepción.

Al percibir las ansias de oro y plata que tenían los españoles, Atahualpa prometió que si lo liberaban les pagaría un rescate: llenaría un amplio aposento de estatuillas de los preciosos metales. Pero fue en vano. De nuevo medió la traición. Una vez acumulado el rescate prometido, Atahualpa, el decimotercer Inca, idólatra según las estimaciones de los monjes, recibió el bautismo católico y luego murió estrangulado. Solamente por explorar esta tierra tan rica y llena de vida.

La lección Cuando se evaluó el “valor” de las zonas aún no tocadas por las manos del hombre, se vio que solo un tercio de ella podía representar algún valor explotable por algunas de las industrias pioneras de nuestros días. Así que tal vez por eso es que estas zonas permanecen tan puras. Sin embargo, ese tópico no es algo sobre lo que estemos en capacidad de emitir juicios o conclusiones. Eso lo dejamos a criterio de quienes nos leen.