El último gran espacio natural del mundo

¿De verdad existe algún lugar del mundo que no haya sido afectado por la mano humana? ¿Un sitio o espacio al que se le pueda calificar de “natural”? De verdad, es difícil pensar en La existencia de algún lugar en nuestro planeta Tierra que pueda caer en esta clasificación, pero existe. Lo que sucede es que este lugar no es muy acogedor o cómodo que digamos. Y no lo estuviésemos mencionando en esta nota si no se le estuviese asignando cierta importancia en estos momentos.

Un frío lugar de interés

Debido a que las fuentes de recursos naturales disponibles siguen menguando, se está considerando al continente que constituye casi una décima parte de la superficie terrestre del planeta, la Antártida, como una posible fuente de recursos. Este continente, recubierto de hielo ha estado bajo la protección del Tratado de la Antártida firmado en 1959 y de un convenio voluntario de no explotar los recursos minerales. 

Sin embargo, se ha redactado otro acuerdo para dar vía libre a la exploración petrolífera y la explotación minera. El diario International Herald Tribune informa que dos de las naciones que firmaron el tratado, Australia y Francia, rehúsan firmar este acuerdo. Al citar las recientes mareas negras ocurridas en Alaska y la Antártida como recordatorios sombríos de los peligros que la exploración de recursos minerales puede suponer para el medio ambiente, el primer ministro de Australia, Bob Hawke, pidió una mayor protección para el último gran espacio natural del mundo.

Las características de este “Marte” de la Tierra

En ciertas regiones de la Antártida puede hacer tanto frío que, según un escritor, si dejamos caer una barra de acero, probablemente estalle como si fuera de vidrio, y si sacamos un pez de un agujero practicado en el hielo, se congela totalmente en cinco segundos. Dadas sus condiciones extremas y su belleza surrealista, despojada de todo ornamento complementada a veces por los asombrosos espectáculos de la aurora austral, la Antártida bien pudiera considerarse otro mundo.

Conforme nos adentramos en la Antártida, disminuyen las señales de vida, sobre todo al llegar a los valles desprovistos de hielo, o valles secos. Con una extensión de unos 3.000 kilómetros cuadrados, estos desiertos polares ocupan en su mayoría grandes altitudes de las cadenas Transantárticas, una serie de macizos que atraviesan el continente y superan en algunos puntos los 4.300 metros. Los ventarrones helados soplan por estos valles y barren rápidamente la nieve que haya podido caer. 

Para los científicos, estos valles son el equivalente terrestre más parecido a la superficie de Marte. Por ello, los consideraron lugares adecuados para probar el equipo espacial de la misión Viking que enviaron a Marte. En la actualidad, sin embargo, las leyes internacionales protegen en su totalidad la flora y fauna antárticas. Además, la ausencia de predadores terrestres, unida a la abundancia de alimentos marinos, convierte la costa antártica en refugio veraniego de la fauna. Pero ya hay señales de un ataque más insidioso, que quizás logre eludir los acuerdos internacionales. Queda por ver cuál será el consenso mundial en torno a este inhóspito pero increíblemente interesante punto de nuestro planeta.