Yakuza, forajidos con un código

Japón es…Japón. Todo es diferente allá y todo tiene un código que enmarca la tradición y el significado.

Incluso los malhechores son diferentes, guiados por un código con más de 400 años de historia, el código Ninkyo.

Los Burakumin

Ya desde el siglo XI existía en Japón una casta social rechazada por todos, los Burakumin, aquellos que trabajaban con la muerte: carniceros, sepultureros, verdugos y curtidores. Estos eran los intocables, los que vivían y morían fuera de la sociedad.

En el siglo XVII  surgieronleyes que formalizaban y rigidizaban su estatus marginal. Para poder sobrevivir los Burakumin se organizaron en bandas que prosperaron en actividades criminales, estableciendo clanes que les dieron, irónicamente, el reconocimiento social que carecían hasta ese momento.

Los Yakuza

Estas bandas se unían alrededor de un código de conducta sobre lealtad, protección mutua, silencio y obediencia. La banda pasó a ser la familia. Los Burakumin no tenían a nadie, sólo se tenían a ellos. Incluso la familia biológica pasó a tener segundo lugar. Yakuza era familia, hogar, propósito.

Yakuza era incluso un nuevo cuerpo, con éste cubierto de tatús que simbolizaban su pertenencia al grupo y con la tradicional amputación del dedo meñique izquierdo por faltas hacia la familia.

A pesar de su origen conectado a actividades criminales los Yakuza no se definen a sí mismos como tales sino como hombres de negocios. Por supuesto estos negocios estaban siempre del lado oscuro.

Sin embargo, debido al respeto ganado mediante el poder que manejaban, poco a poco los Yakuza se han ganado un lugar en la sociedad.

Un asombroso ejemplo de esto fue el cuerpo de guardaespaldas Yakuza que el gobierno japonés procuró para proteger al presidente norteamericano Eisenhower en 1960.

Los Jigeya

Este es el nombre de los agentes Yakuza que hicieron posible la entrada de las bandas a los negocios de cuello blanco como bienes raíces e inversiones corporativas cuando los bancos tradicionales no querían tomar parte. El gobierno se hacía la vista gorda porque se daba cuenta que los Yakuza eran una fuerza de progreso y de expansión de actividades financieras y de construcción.

De nuevo Yakuza y gobierno trabajaron juntos para beneficio de ambos.

Esto representó la evolución de la familia de la violencia y el crimen oscuro a una nueva era de negocios e inversiones.

Lo que no evitó que el gobierno, a partir de los años 80, comenzara a aprobar leyes contra la organización y actividades Yakuza. La presión contra ellos fue creciendo hasta niveles insostenibles provocando que, por primera vez en su historia, están permitiendo el retiro voluntario de sus miembros de la banda y dedicándose a actividades caritativas y de beneficencia en un intento por lavar su imagen.